Como orientarse en el laberinto. 

Cada vez que abrimos la puerta de nuestra consulta floral a un nuevo paciente, nos adentramos en un universo nuevo e inexplorado. La práctica terapéutica nos ha dado desde siempre algunas herramientas para su exploración; una aguda, profunda y  extensa entrevista, nos ayuda a comenzar a hacernos una idea de quién es el ser que tenemos delante. 


Con el transcurso de la terapia vamos completando esa imagen, dándole una profundidad biográfica, anecdótica y emocional.

Pero es ineludible que en algún momento de la terapia nos demos cuenta que en realidad ese ser al que creíamos estar conociendo, nos sorprende con un universo nuevo de informaciones y emociones, y vamos intuyendo y descubriendo nuevos paisajes de su persona que ni siquiera sospechábamos. Es también muy frecuente que seamos testigos de la expresión de nuevas potencialidades en su ser y hasta significados nuevos que desafían todo lo que creíamos saber acerca de él. Estas experiencias nos dejan una sensación de lo intrincada,  compleja y laberíntica que es la existencia humana y de la cantidad de cosas que como terapeutas se nos “escapan”.

Por no nombrar los casos en que estamos francamente desconcertados acerca del origen del sufrimiento del paciente y por ende, de cómo poder brindarle una ayuda efectiva.  En todas estas situaciones, solemos echar mano de distintos sistemas de conocimiento, con el objeto de entender realmente quien es ese ser, que es lo que le ha sucedido y cuáles son las consecuencias en su vida actual. Buscamos intelectual o vivencialmente algún cuerpo de conocimientos que nos ayude a cartografiar las accidentadas geografías de la existencia individual. La perspectiva psicológica hace su ineludible entrada, no exenta de diferencias en sus puntos de vista tanto teóricos como prácticos, brindándonos una enorme cantidad de información con las que poder trabajar. Pero no obstante su inapreciable ayuda, son muchas las veces que nos hallamos carentes de un sistema simbólico lo suficientemente bueno y aplicable en nuestra práctica cotidiana. Y nos lamentamos de que tal sistema no exista.

Pues ese sistema sí que existe. Es la Astrología. Gracias a los aportes incuestionables de la psicología profunda y a los trabajos del Dr. Carl Jung, desde el siglo XX estamos envueltos en el redescubrimiento de este antiguo saber. El estudio de la carta natal, principal estudio en astrología, nos brinda un enorme cúmulo de información instantánea de invalorable ayuda para adentrarnos en el universo del paciente. El propio Dr. Bach nos instaba a observar de una forma fundamental a la Luna en la carta natal para determinar cuál es el remedio caracterológico del paciente. Además de esta importantísima referencia del Dr. Bach, muchas veces ignorada, el estudio de la carta natal puede darnos imágenes muy claras acerca de un sin número de cuestiones; la relación que el paciente tuvo/tiene con su madre y su padre; de cómo recopila, procesa, integra y comunica la información;  de que tan consiente es de su agresividad y cómo se las arregla con ella; de cómo es la dinámica de su deseo; nos puede mostrar las geografía de su sombra, cómo y hasta cuando tendera a activarse; de las defensas psicológicas del paciente, de cómo y hasta cuando se activaran y un larguísimo etcétera. Toda esta información es fundamental en el transcurso del proceso terapéutico, como todo terapeuta sabe. Además en cuanto a las potencialidades individuales, con el estudio de la carta podemos tener imágenes muy claras acerca de cómo serán ciertas facetas de la personalidad que tal vez aun no hayan emergido y así alentar específicamente su expresión y desarrollo. Es extensísima e impresionante la cantidad de información que este conocimiento puede aportarnos, tanto sea para el trabajo terapéutico como para nuestro propio autoconocimiento y crecimiento personal. Es por eso que esta disciplina, la astrología psicológica, se ha desarrollado en los últimos 30 años de una forma exponencial y en la actualidad se ha volcado a colaborar con muchas disciplinas terapéuticas, aportando toda la profundización imaginable en las situaciones vitales de los seres humanos. Hoy por hoy, y cada vez más, no es extraño encontrar médicos y psicólogos que combinan sus actividades con el saber astrológico, viendo así enriquecido su entendimiento de la situación del paciente y de esta forma acrecentando su ayuda efectiva. Esto no debería sorprendernos ya que desde los orígenes mismos de las disciplinas terapéuticas esta idea se abre paso. El propio Hipócrates, el padre de la medicina, y el tan citado Paracelso, no concebían la posibilidad de encarar el tema de la curación sin incluir una perspectiva astrológica. El propio Dr. Jung al referirse a la Astrología, decía de ella que era “la síntesis de todo el conocimiento psicológico de la antigüedad”. En España, hay un interés creciente por este tema y sus aplicaciones en asociación con distintas disciplinas terapéuticas, y entre ellas destaca la Terapia Floral. Son muchos los profesionales de la terapia floral que aunque sin hacer mención específica a la astrología en sus prácticas o disertaciones, conocen y dominan el tema y lo tienen como una referencia incuestionable.

Es por eso que en nuestro trabajo cotidiano como terapéutas, cuando nos enfrentamos a las complejidades de la naturaleza humana, la ayuda que este saber puede aportarnos se transforma en una guía para llegar al centro de ese laberinto, que en algún momento, todo proceso terapéutico es.